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jueves, 25 de mayo de 2017

¡Deje una!




Philip Alexius

A Alberto (mi papá)



La tía Felicitas tenía un loro en el patio que siempre tomaba fresco arriba de un bastoncito especial para él.
Las rosas traían fragancias dulces hacia la galería donde la tía cosía ropa para los niños pobres que iban a pedir ayuda a la iglesia. El patio era grande con plantas de pomelo, jazmines… y estaba rodeado por tapiales de ladrillos que lo separaban de la calle por la que pasaban los vendedores ambulantes.
Felicitas vivía sola en la casa antigua junto a sus recuerdos, a enredaderas que trepaban las paredes, a los muebles de principios de 1900… y con Pedro: el loro.

A la tarde, pasaba el vendedor de bolsas de marlos.
-¡Marlero… marlos!- gritaba el hombre.
-¡Deje una!- decía la tía Felicitas desde la cocina o desde el corredor cuando estaba remendando medias.
Todos los días ocurría lo mismo…
Una mañana, vinieron a visitarla Gertrudis y Flora, sus dos hermanas, para invitarla a pasar unos días en Córdoba.

La tía Felicitas no quería ir, estaba grande, tenía que coser guardapolvos y algún trajecito de comunión. El padre Rino le había dejado la sotana para que le levantara el ruedo que se le había roto cuando daba la misa, hecho que provocó que se cayera al piso en medio de la gente.
-¡No, no puedo ir…!. Tengo muchas ocupaciones: recoger la caridad, visitar el hospital y entregar la ropa en la villa.
-Pero Feli… estás todo el año trabajando, mereces un descanso. No seas tonta el aire de las sierras es bueno, después te vas a sentir más fuerte para seguir con tus labores.
-Está bien- dijo la tía.

Felicitas preparó la valija grande del abuelo Roque que estaba muy vieja y olía a naftalina. En el fondo, la fotografía de la abuela Esperanza mostraba la nariz enorme del bebé que tenía en brazos: el tío Fortunato, más feo que un fantasma. ¡Pobrecito!.
Felicitas ordenó los vestidos con margaritas y violetas, sus preferidos, el gorro para el sol, las sandalias y la blusa con floripones.
A las cinco de la tarde, la vinieron a buscar. Dejó a Pedro al cuidado de la vecina que le iba a dar de comer y lo iba a vigilar de vez en cuando.

El loro, solo, estaba medio triste pero hablaba sin parar.
Por la tarde, pasó el marlero como de costumbre.
-¡Marlero… marlos!
La tía Felicitas no estaba para contestar, entonces Pedro con la voz rasposa dijo:
-¡Deje una!.
Así transcurrieron las semanas…

Felicitas ya estaba por regresar. El viaje la había despejado y ahora parecía una joven de veinte años: rosada, alegre y bulliciosa.
A la habitación llevó la valija y luego fue al patio a saludar al loro; en realidad, lo había extrañado un montón porque era como un hijo para ella. Lo encontró gordo y contento, con las plumas brillantes; subía y bajaba del tejido y decía:
-La tía, deje una, la tía…
Felicitas se fue a dormir.
Al día siguiente, cuando fue a buscar un pomelo para el desayuno, vio al fondo contra el tapial una pila de bolsas de marlos. Se extrañó… ¿Por qué estaban allí esas bolsas amontonadas?. Volvió a la cocina y escuchó que Pedro decía:
-¡Deje una, deje una…!.

Cuento infantil-juvenil---------------  Luján Fraix

Del libro "Los duendes de la casa dulce"





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