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martes, 24 de enero de 2017

"La abuela francesa". Muerte de François-1910-(1era parte)






Los últimos años del siglo XlX transcurrieron en una relativa estabilidad política.
En 1910 triunfó en los comicios el Dr. Roque Sáenz Peña sostenido por una agrupación de partidos llamada Unión Nacional. Sus primeras manifestaciones sirvieron para afirmar que estaba decidido a reformar el sistema electoral vigente y a imponer otro que asegurara el ejercicio real de la democracia.
El crecimiento de los establecimientos industriales en Rosario no alcanzó para ocupar la mano de obra y mientras había extranjeros desocupados se observaban también inmigrantes que gozaban de una holgada posición .
El advenimiento del nuevo siglo trajo curiosidad y esperanzas; aunque algunos datos económicos y sociales reflejaron que aún faltaba bastante para hacer en pro del desarrollo y del bienestar.

En Argentina, ya existían modelos de vehículos más actualizados que aquél que patentó Carl Benz. Melanie y François no tardaron en adquirir un cadillac (1903) que no podía circular a más de catorce kilómetros por hora, con capota negra cuyo chirriar de grillo divertía a sus hijos y vecinos. Todos querían conducir el nuevo aparato que parecía ser un robot sin gobierno; sin embargo, no era fácil moverlo de su sitio. La calle parecía más atractiva mirada desde arriba de ese sofisticado auto que podía andar mucho tiempo sin cansarse. Los matungos cansinos que tiraban de coches y carros miraban con su rostro moreno ese tranco sencillo y lo veían, quizá, como a un príncipe que se llevaba el encanto de la concurrencia. La gente pensaba que jamás se pondría de moda porque era un artículo de lujo para algunos que no sabían en qué gastar el dinero.
A la familia los negocios le habían marchado muy bien, ya que trabajaban con ahínco y ahorraban cada centavo para disfrutar de los gustos. Era lógico, que de sufrir privaciones no hubieran llegado tan lejos; primero estaban los estudios de los hijos, mantener el capital, pagar deudas e impuestos… Un error cometido en algún momento podría convertirlos, de la noche a la mañana, en humildes granjeros; debían ser cautos porque la naturaleza es la que maneja el destino de los campesinos.

En 1909 aparecieron en el cielo de la ciudad los aeroplanos. Antes de la primera guerra mundial, los hermanos Wright y el brasileño Santos Dumont hicieron los primeros vuelos; el francés Blériot cumplió la hazaña de atravesar el Canal de la Mancha en un avión construido en ese año. Pero el primer dirigible inventado fue Zeppelin a fines del siglo XlX; cayó en desuso porque era lento y con poca capacidad de carga en relación con su tamaño.
El cometa Halley generó controversias y alarma…
Ese suelo histórico se repartió entre algunos inventos y las disputas políticas de personajes ambiguos que discutieron sus ideas con fervor.

Melanie estaba demasiado ocupada en la educación de los hijos, por ello no tenía tiempo de afianzar sus dotes de autora. Sin embargo, se imaginación se mezclaba con anécdotas de lugares increíbles donde algún galán de paso hacía notar su personalidad, caminaba por sitios luctuosos y se iba detrás de una quimera en medio de un altercado de caudillos: hombres que andaban con el pueblo y dirigían su gremio como cabeza de corporación; nunca quietos, siempre en pie de guerrilla. Para Melanie todo era posible en su cosmos físico de paz espiritual menos algo, truculento y oculto, que pronto,quizá, sucedería y que podría llevarla nuevamente a la soledad, esa carencia afectiva que no se reemplaza con multitudes. Su vida estaba poblada de hijos que la querían incondicionalmente y acompañada por un esposo fiel que correspondía a sus deseos más que cualquier mortal; pero existía un presagio en el entorno de la casa, una señal por  donde se conjuraba un hecho futuro. Algún agorero, tal vez, hubiera desgastado sus horas en busca de un indicio pero la providencia podía transgredir al más sabio especialista.
Doña Francisca aparecía por las noches junto al lecho y le cantaba una canción de cuna. Sentía ese calor de mamá dulce, ella le hablaba igual que cuando era niña y eso la reanimaba aunque fuera sólo fantasía. Miraba el Cristo transparente en medio de la habitación y pensaba en su madriguera rodeada de cachorros felices que la necesitaban más que a nadie. Su estirpe de luchadora se veía oscurecida por un presentimiento y el vacío la hacía zozobrar, porque la ansiedad era más firme que su carácter y su facultad creadora; por momentos, le parecía que soñaba pero los ojos desorbitados le indicaban que estaba despierta con un pensamiento arcano inaccesible a la razón.

A la mañana siguiente fue al pueblo. Conocía a una curandera llamada doña Roko que tiraba las cartas; Melanie no creía en esas cosas, pensaba que la gente de poca cultura se inclinaba hacia esos recursos. Sin embargo, allí estaba en el cuarto frío y desdeñoso, poblado de estampas, velos y animales yertos, mientras un mochuelo, sobre el respaldo de la silla, miraba fijo y hacía girar la cabeza en círculo. ¡Qué espanto!.
La mujer extendía sus dotes de lisonjera farsante y movía sus abalorios con rapidez. Había pobreza en los rincones y las grietas dejaban pasar el aire que penetraba en la piel de Melanie como una aguja de acero. Los ojos de lechuza de doña Roko la estudiaban con avidez y hubiera podido enredarse en sus hechizos prehistóricos de no ser porque la voz de la anciana quebró la quietud. Las cartas y el génesis estaban sobre la mesa; Melanie hizo preguntas simples que fueron contestadas por esa vidente pero hubo algo que la confundió más. Cuando escuchó las palabras de Melanie, el rostro de doña Roko se turbó hasta momificarse de nuevo.
Continuará

miércoles, 7 de diciembre de 2016

"La abuela francesa". Eduardo-1895- (3ra parte)


El cuaderno de mi abuelo Eduardo

Los niños lo rodearon para que contara la aventura con los indios. Él no abrió la boca porque estaba totalmente abstraído por un raro pesar que se parecía más al remordimiento que al pánico de verse en brazos del enemigo. Elémir hablaba todo el tiempo y narraba historias falsas de nativos y vaqueros sin advertir la imposibilidad de su amigo. Los pequeños se divertían muchísimo con los relatos de ese actor que se adueñaba de sus emociones. Sabían muy bien que la fuente de conocimientos de Elémir era producto de un solo recurso demasiado fantasioso, pero él quería conformarlos para que no molestaran a su padre. Los niños eran muy despiertos y cualquier desliz de las personas que los rodeaban era juzgado de una manera muy frontal.

Eduardo, de siete años, asistía al colegio “San José de Artes y Oficios”, un instituto de sacerdotes situado en la ciudad de Rosario. En la biblioteca tenía los libritos religiosos forrados y ordenados; estaban tan rígidos en su lugar que resultaba imposible imaginar que hiciera uso de ellos. A Melanie le gustaba el orden y la ética pero al niño le interesaba correr por el campo detrás de su tío Elémir y conducir las herramientas de labranza, actividad que realizaba a escondidas de François.
En el establecimiento educativo tomó la primera comunión vestido con chaqueta a cuadros chicos, chaleco, corbata y borcegos negros. En su pecho cruzaba una banda blanca con flecos en los vértices que se unía con una escarapela.
Eduardo parecía extraviado en la ceremonia junto con sus compañeros; se hallaban sentados en sillones de tapizado claro sobre una tarima forrada con arabescos y llevaban en la mano derecha una flor. Sus padres lo acompañaban y estaban orgullosos de él por su inteligencia, aunque su carácter era imposible de dominar. A menudo, se lo veía esquivo y enojado.

Frente a la modestia de la arquitectura civil, contrastaba la riqueza del arte religioso. Esos templos coloniales tenían superposición de estilos: en la parte inferior y en el frontis se destacaban las líneas renacentistas, la parte superior-torres y cúpula- predominaba el barroco español. La iglesia de “Nuestra Señora de las Nieves” tenía tres naves sostenidas por grandes pilares de ladrillos vinculados por arcos con la techumbre de tejas y madera labrada. De todas formas, no se comparaba con las construcciones de los virreinatos del Perú, México o Nueva Granada.

Nicolás Chabot (el niño con la cara llena de tizne) ya había crecido y su madre, cual “Celestina”, le buscaba novia porque deseaba convertirse en abuela. El joven era demasiado huraño y no aceptaba las bromas, pero sabía muy bien lo que quería y no tardó demasiado tiempo en encontrar a la muchacha de sus sueños. Tal vez, no fuera tan romántico; en realidad, nadie adivinaba lo que podía llegar a sentir porque era impenetrable y apático, pero esa postura no fue un obstáculo para alcanzar su objetivo.
Ella se llamaba Carlota Santa Cruz, de modales bruscos y autoritaria, quería manejar los intereses de la familia. Su frivolidad cansaba al más pacífico caballero; no era mala pero le gustaba salir, viajar y asistir a las tertulias. Buscaba afuera la paz interior. No paraba un minuto y perseguía el dinero con un amor místico que exasperaba los ánimos del pobre Nicolás que la quería ciegamente; pues era demasiado astuta y podía convertirse en una mujer dulce y amable para lograr su propósito y concretar sus ambiciones materiales.
Después de la luna de miel se instalaron en la finca. El ambiente tórrido dejaba al descubierto las miserias de esa desconocida que reinaba en un lugar que no le pertenecía porque Melanie era la dueña.
El criado Jeremías admiraba sus formas detrás de las cortinas y soñaba que Carlota se convertía en una lavandera negra con turbante. Obviamente, estaba necesitando una mujer que le diera su propia familia; eso lo descubrió una tarde, en el sótano, cuando Carlota bajó a buscar cerveza del tonel. La muchacha colocó la jarra en el piso al lado de la barrica y abrió la espita; el líquido comenzó a salir y se hubiera derramado en su totalidad si no fuera porque Jeremías, que entró a tiempo, cerró la canilla. Ella se había asustado al verlo en ese lugar porque se movía como un mimo y gesticulaba bajo la bruma con brincos y gritos indecorosos que le causaron repugnancia. El sirviente la imaginó tan oscura que se enamoró y esa pasión fue alimentada día a día por una historia irreverente que él se encargaba de hilar en su memoria, donde el sexo era el instrumento que lo manipulaba y hacía de Jeremías un títere. Carlota nunca se dio cuenta porque estaba presa de su ciencia y en un mundo de coplas y de irrealidades. No podía dominar las horas, a veces le faltaban y otras le sobraban porque su cabeza iba más rápido que ese tiempo en busca de progreso elemental.

El R. Manuel Quintana asumió la presidencia el 12 de octubre de 1904. Era un hombre de edad avanzada y su candidatura surgió como una transacción entre los oficialistas. Cuando falleció en 1906 el vicepresidente Dr. José Figueroa Alcorta se hizo cargo de la Nación hasta el año 1910.
En su gobierno los exaltados anarquistas recurrían a las bombas y a los atentados terroristas que causaron víctimas; las ideas extremistas se arraigaron entre los obreros, mal retribuidos, y con muy pocas leyes que los favorecían en un país caótico.
Los días avanzaban a paso decidido…
Melanie regresaba a la casa, después de cumplir con sus obligaciones, con los ojos cansados y el corazón de fiesta; iba a la cocina y mientras ayudaba a sus hijas con las mermeladas de duraznos y de ciruelas las aturdía con los comentarios sobre los desvalidos del hospital, la construcción del colegio católico y la iglesia que se había levantado con su aporte benéfico; casi en su honor, pensaba ella de orgullosa que estaba por haber sido útil.
Eduardo era el que recompensaba su esfuerzo y seguía sus pasos. El niño era muy talentoso; escribía con pluma y tinta de varios colores en letras góticas y de una manera exageradamente perfecta para su edad. Se destacaba en matemáticas y componía muy bien los relatos sobre la vida del campo, describía con minuciosidad la conducta de chicos perversos o mal educados que se burlaban de los ancianos, coloreaba con palabras bellas la vida de los pájaros, las jornadas de caza y la suerte de los mendigos… Siempre dejaba una moraleja al final.
En el colegio de curas la actividad comenzaba a las seis de la mañana con las oraciones del desayuno; la tarde transcurría en orden, muerta como los mismos santos, y terminaba cuando Patricio tocaba las campanas de las siete; ésa era la hora del acto de perdón para santificar el alma y prepararse para una supuesta vida mejor, con resurrección incluida.
Eduardo no soportaba el claustro con sus corredores helados, el olor a incienso y azucenas, el susurro de los monjes y las paredes llenas de cruces. Observaba el altar con un Cristo de mirada húmeda, según las devotas creyentes, y trataba de rezar el rosario pero muy pronto se perdía en aventuras, donde los recuerdos del campo se mezclaban con las citas de la Biblia. Todo lo asimilaba con rapidez para acabar con el martirio, porque los sermones de palabras en latín lo adormecían y se despertaba reclinado sobre los bancos de madera oscura. Cuando caminaba por la galería se encontraba, de improviso, con los huérfanos y abandonados que vivían allí desde pequeños. Los jóvenes hacían labores domésticas ya que no había mujeres; algunos tenían la palidez de los religiosos y ese andar de solterón reprimido. Sus rostros de loza se mezclaban en las salas del colegio y nada resultaba más tedioso que verlos sentados al sol cuando contaban las horas de su monótona existencia.
Eduardo estaba cansado, no creía en los milagros ni en las virtudes de la Historia Sagrada.
Un día miró la cúpula de los árboles, desde los que tantas veces subido a las ramas había espiado la ciudad con una curiosidad aberrante, y se escapó del lugar.
Jamás volvió a pisar el monasterio.
¡Iustus est Domine…!*







*¡Justo eres Señor…!

Continuará