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miércoles, 7 de diciembre de 2016

"La abuela francesa". Eduardo-1895- (3ra parte)


El cuaderno de mi abuelo Eduardo

Los niños lo rodearon para que contara la aventura con los indios. Él no abrió la boca porque estaba totalmente abstraído por un raro pesar que se parecía más al remordimiento que al pánico de verse en brazos del enemigo. Elémir hablaba todo el tiempo y narraba historias falsas de nativos y vaqueros sin advertir la imposibilidad de su amigo. Los pequeños se divertían muchísimo con los relatos de ese actor que se adueñaba de sus emociones. Sabían muy bien que la fuente de conocimientos de Elémir era producto de un solo recurso demasiado fantasioso, pero él quería conformarlos para que no molestaran a su padre. Los niños eran muy despiertos y cualquier desliz de las personas que los rodeaban era juzgado de una manera muy frontal.

Eduardo, de siete años, asistía al colegio “San José de Artes y Oficios”, un instituto de sacerdotes situado en la ciudad de Rosario. En la biblioteca tenía los libritos religiosos forrados y ordenados; estaban tan rígidos en su lugar que resultaba imposible imaginar que hiciera uso de ellos. A Melanie le gustaba el orden y la ética pero al niño le interesaba correr por el campo detrás de su tío Elémir y conducir las herramientas de labranza, actividad que realizaba a escondidas de François.
En el establecimiento educativo tomó la primera comunión vestido con chaqueta a cuadros chicos, chaleco, corbata y borcegos negros. En su pecho cruzaba una banda blanca con flecos en los vértices que se unía con una escarapela.
Eduardo parecía extraviado en la ceremonia junto con sus compañeros; se hallaban sentados en sillones de tapizado claro sobre una tarima forrada con arabescos y llevaban en la mano derecha una flor. Sus padres lo acompañaban y estaban orgullosos de él por su inteligencia, aunque su carácter era imposible de dominar. A menudo, se lo veía esquivo y enojado.

Frente a la modestia de la arquitectura civil, contrastaba la riqueza del arte religioso. Esos templos coloniales tenían superposición de estilos: en la parte inferior y en el frontis se destacaban las líneas renacentistas, la parte superior-torres y cúpula- predominaba el barroco español. La iglesia de “Nuestra Señora de las Nieves” tenía tres naves sostenidas por grandes pilares de ladrillos vinculados por arcos con la techumbre de tejas y madera labrada. De todas formas, no se comparaba con las construcciones de los virreinatos del Perú, México o Nueva Granada.

Nicolás Chabot (el niño con la cara llena de tizne) ya había crecido y su madre, cual “Celestina”, le buscaba novia porque deseaba convertirse en abuela. El joven era demasiado huraño y no aceptaba las bromas, pero sabía muy bien lo que quería y no tardó demasiado tiempo en encontrar a la muchacha de sus sueños. Tal vez, no fuera tan romántico; en realidad, nadie adivinaba lo que podía llegar a sentir porque era impenetrable y apático, pero esa postura no fue un obstáculo para alcanzar su objetivo.
Ella se llamaba Carlota Santa Cruz, de modales bruscos y autoritaria, quería manejar los intereses de la familia. Su frivolidad cansaba al más pacífico caballero; no era mala pero le gustaba salir, viajar y asistir a las tertulias. Buscaba afuera la paz interior. No paraba un minuto y perseguía el dinero con un amor místico que exasperaba los ánimos del pobre Nicolás que la quería ciegamente; pues era demasiado astuta y podía convertirse en una mujer dulce y amable para lograr su propósito y concretar sus ambiciones materiales.
Después de la luna de miel se instalaron en la finca. El ambiente tórrido dejaba al descubierto las miserias de esa desconocida que reinaba en un lugar que no le pertenecía porque Melanie era la dueña.
El criado Jeremías admiraba sus formas detrás de las cortinas y soñaba que Carlota se convertía en una lavandera negra con turbante. Obviamente, estaba necesitando una mujer que le diera su propia familia; eso lo descubrió una tarde, en el sótano, cuando Carlota bajó a buscar cerveza del tonel. La muchacha colocó la jarra en el piso al lado de la barrica y abrió la espita; el líquido comenzó a salir y se hubiera derramado en su totalidad si no fuera porque Jeremías, que entró a tiempo, cerró la canilla. Ella se había asustado al verlo en ese lugar porque se movía como un mimo y gesticulaba bajo la bruma con brincos y gritos indecorosos que le causaron repugnancia. El sirviente la imaginó tan oscura que se enamoró y esa pasión fue alimentada día a día por una historia irreverente que él se encargaba de hilar en su memoria, donde el sexo era el instrumento que lo manipulaba y hacía de Jeremías un títere. Carlota nunca se dio cuenta porque estaba presa de su ciencia y en un mundo de coplas y de irrealidades. No podía dominar las horas, a veces le faltaban y otras le sobraban porque su cabeza iba más rápido que ese tiempo en busca de progreso elemental.

El R. Manuel Quintana asumió la presidencia el 12 de octubre de 1904. Era un hombre de edad avanzada y su candidatura surgió como una transacción entre los oficialistas. Cuando falleció en 1906 el vicepresidente Dr. José Figueroa Alcorta se hizo cargo de la Nación hasta el año 1910.
En su gobierno los exaltados anarquistas recurrían a las bombas y a los atentados terroristas que causaron víctimas; las ideas extremistas se arraigaron entre los obreros, mal retribuidos, y con muy pocas leyes que los favorecían en un país caótico.
Los días avanzaban a paso decidido…
Melanie regresaba a la casa, después de cumplir con sus obligaciones, con los ojos cansados y el corazón de fiesta; iba a la cocina y mientras ayudaba a sus hijas con las mermeladas de duraznos y de ciruelas las aturdía con los comentarios sobre los desvalidos del hospital, la construcción del colegio católico y la iglesia que se había levantado con su aporte benéfico; casi en su honor, pensaba ella de orgullosa que estaba por haber sido útil.
Eduardo era el que recompensaba su esfuerzo y seguía sus pasos. El niño era muy talentoso; escribía con pluma y tinta de varios colores en letras góticas y de una manera exageradamente perfecta para su edad. Se destacaba en matemáticas y componía muy bien los relatos sobre la vida del campo, describía con minuciosidad la conducta de chicos perversos o mal educados que se burlaban de los ancianos, coloreaba con palabras bellas la vida de los pájaros, las jornadas de caza y la suerte de los mendigos… Siempre dejaba una moraleja al final.
En el colegio de curas la actividad comenzaba a las seis de la mañana con las oraciones del desayuno; la tarde transcurría en orden, muerta como los mismos santos, y terminaba cuando Patricio tocaba las campanas de las siete; ésa era la hora del acto de perdón para santificar el alma y prepararse para una supuesta vida mejor, con resurrección incluida.
Eduardo no soportaba el claustro con sus corredores helados, el olor a incienso y azucenas, el susurro de los monjes y las paredes llenas de cruces. Observaba el altar con un Cristo de mirada húmeda, según las devotas creyentes, y trataba de rezar el rosario pero muy pronto se perdía en aventuras, donde los recuerdos del campo se mezclaban con las citas de la Biblia. Todo lo asimilaba con rapidez para acabar con el martirio, porque los sermones de palabras en latín lo adormecían y se despertaba reclinado sobre los bancos de madera oscura. Cuando caminaba por la galería se encontraba, de improviso, con los huérfanos y abandonados que vivían allí desde pequeños. Los jóvenes hacían labores domésticas ya que no había mujeres; algunos tenían la palidez de los religiosos y ese andar de solterón reprimido. Sus rostros de loza se mezclaban en las salas del colegio y nada resultaba más tedioso que verlos sentados al sol cuando contaban las horas de su monótona existencia.
Eduardo estaba cansado, no creía en los milagros ni en las virtudes de la Historia Sagrada.
Un día miró la cúpula de los árboles, desde los que tantas veces subido a las ramas había espiado la ciudad con una curiosidad aberrante, y se escapó del lugar.
Jamás volvió a pisar el monasterio.
¡Iustus est Domine…!*







*¡Justo eres Señor…!

Continuará




martes, 15 de noviembre de 2016

"La abuela francesa". Eduardo-1895-(2da parte)




Por esa época, cobró renombre por sus trabajos literarios Gabriel Carrasco con la obra “Anales de la ciudad de Rosario de Santa Fe”, en Buenos Aires conmovió al mundo de las letras Leopoldo Lugones con su volumen “Las montañas de oro” (1897).
Ese lugar le pertenecía a los caballeros y existía un cerco, que defendía un sitio e impedía la entrada, entre los que estaban en la urbe y los asilados en las pampas lejos del progreso.
El partido Autonomista Nacional sostuvo la candidatura del general Roca para su nuevo período 1898-1904.
La población, de tendencias democráticas, aspiraba a una eficaz reforma de las leyes electorales que permitiera una real vigencia de la voluntad de todos en los comicios.
La fisonomía de Rosario sufrió modificaciones durante los últimos años del siglo XlX y primeros del XX. Por las calles todavía circulaban tranvías a tracción de sangre entrecruzados con las jardineras abiertas durante el verano y cerradas a lo largo del invierno. La gran novedad de 1900 fueron las bicicletas con ruedas de goma que eran consideradas un medio de locomoción barato, liviano y rápido.
Paralelamente, se abrió la primera sala cinematográfica y las familias de clase alta tenían fonógrafos, donde era habitual escuchar: “Las Aídas”, “Los Rigolettos”, y “Las Lucías”. Melanie adquirió uno cuando fue a la ciudad y resultó ser una sorpresa para los campesinos del lugar, no podían creer que ese aparato de madera reprodujera el sonido. Los niños lo bautizaron Toto porque decían que hablaba con voz ronca igual que el negro Jeremías a quien llamaban por ese sobrenombre. Sin embargo, algún necio miró con desagrado la excentricidad que despertó la envidia de aquellos que decían ser amigos de la familia.


Melanie gastaba mucho dinero en viajes, donaciones,  muebles, ropa y ayuda social.
Una mañana, François se subió al caballo y salió a la intemperie. La chacra estaba desierta y el sol apenas iluminaba los senderos cubiertos de tallos ramosos y junquillos. Frente a sus ojos, el camino rural lo invitaba a cabalgar, siempre lo hacía cuando tenía un rato libre porque quería descargar tensiones y vigilar de cerca los sembrados. En su cerebro apareció enérgicamente el deseo de escapar tras la aventura para borrar las huellas del pasado. Un sopor morboso se adueñó de su cuerpo, fue como una niebla que lo dejó ciego y sordo; con descaro se despojó de la máscara y siguió adelante. Tal vez, la naturaleza le hacía recordar que aquella guerra le había quitado su origen y las horas de una vida.
Tres lechuzas, sobre sus respectivos postes de alambrado, lo miraban pasar excitado por una pasión. Las aves, desde sus ojos alarmantes, anunciaban, quizá, un mal mayor.
En un pasadizo, cubierto de piedras cerca de la ribera de un río, se detuvo a descansar porque le faltaba aire en los pulmones. Acobardado por la evocación de su destierro, escuchó gritos de indios. Quiso subir al potro pero estaba acorralado; lo único que pudo hacer fue refugiarse detrás de los peñascos o rocas naturales. Los nativos ya lo habían visto y lo iban a atacar con furia; François no los conocía y se quedó perplejo ante ese grupo de raros hombres . Pensó que su pena era minúscula comparada con su fanatismo ya  que no sabían nada de la civilización. El coronel sintió lástima por ellos pero la caridad se transformó, de inmediato, en odio pues los salvajes intentaban arremeter con violencia. Él sacó el arma y disparó al aire hasta agotar las balas del trabuco naranjero de boca acampanada y gran calibre. Los indígenas se asustaron, quizá algunos murieron pero nunca nadie supo con seguridad lo que había pasado.
Los aborígenes ocuparon la vasta llanura uniforme del centro del país cuyo nombre “Pampa” significaba “campo abierto, campo raso”. Esas tribus primitivas vivían en toldos de cuero armados sobre estacas; eran alfareros y tejedores y se alimentaban de los animales que cazaban en los bosques. Se llamaban querandíes. También habitaron ese suelo los araucanos provenientes de Chile que primero se establecieron en el oeste y luego se extendieron hacia el este. Eran indios que abrazaban el más alto grado de civilización. Vestían mantas de lujosos colores, sujetas a la cintura y calzaban rudimentarias botas de cuero; usaban adornos de plata sencillos.
Como en los tiempos de Cristóbal Colón no se sabía si esos personajes descendían de razas autóctonas originarias de América o provenían de otras regiones. Predominaba la opinión de que sus antepasados venían de Asia, de Australia y de las islas del Pacífico. Sin embargo, cuando Colón, acompañado por los altos jefes, desembarcó en un archipiélago llamado “San Salvador”, aparecieron los naturales del lugar, hombres de piel oscura y semidesnudos que miraron con asombro a los navegantes.
El almirante creyó que había llegado a las Indias o a sus proximidades, entonces llamó “indios” a esa especie humana que fue siempre enemiga de los blancos porque consideraba que venían a quitarle sus tierras.
En el sangriento combate de Corpus Christi atacaron a trescientos hombres que don Pedro de Mendoza había enviado a las órdenes de su hermano Diego par someterlos…


El coronel François du Champ llegó a la casa; todos lo estaban esperando en torno al fogaril. El militar, pálido, parecía que iba a trastabillar por la debilidad; no hablaba y la cara no tenía conexión con el cuerpo casi desarticulado.
Finalmente, pudo revelar el secreto en un arrebato de exasperación con el anhelo de desahogar la pena que le lastimaba la piel. Había estado en la guerra; conocía muy bien lo que era la masacre y, sin embargo, este hecho lo había transfigurado por completo. Si quería podría enredarse en la intriga hasta desmenuzar los acontecimientos paso a paso pero decidió decirlo rápido y no hacer conjeturas. Nadie debía preguntarle si había matado porque sentía misericordia por ellos, pero tuvo que defenderse.
François pensaba en el pecado que lo privaba de la vida espiritual y lo condenaba a pena eterna. Melanie agradeció a Dios su regreso y no le hizo demasiadas preguntas pues notaba que él no quería hablar. Elémir, en cambio, acurrucado junto a una especie de cocinita de alcohol respondía a los interrogantes y daba soluciones sin tener la certeza de cómo habían sucedido los hechos.
François era el justiciero, con su amigo mosquete, porque llevaba la sangre aderezada con el condimento propio de los vencedores. Su poder era consecuencia de las épocas de combates en aquel territorio hostil con el sonido de los cañones, el golpe en el sien y la débil esperanza de salvarse.