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lunes, 19 de septiembre de 2016

"La abuela francesa". François: el coronel-1880 (1era parte)





FRANÇOIS : el coronel
-1880-


Napoleón lll le declaraba la guerra a Prusia y contaba con el apoyo de los estados alemanes, la amistad de Rusia y la neutralidad de Austria e Inglaterra.
El ejército prusiano se adueñó de Alsacia y de Lorena y venció a Napoleón lll en Sedán. Al conocerse la noticia en París estalló una revolución y se proclamó “La República”.
La lucha continuó hasta que París capituló y firmó el armisticio de Versalles; pero mientras se llegaba a la paz definitiva y los ejércitos prusianos ocupaban la capital, estalló la guerra civil…


Un joven cansado de vagar entre armamentos que conocía de memoria como la pistola-rifle-ametralladora, el Mosquetón Mauser o alguna culebrina del siglo XVl…, decidió huir de los campos de batalla. Su descontrol iba más allá del deseo de escapar, quería ver a su familia, el desastre de la rivalidades había destruido su vida para siempre.
El pueblo donde nació se hallaba bajo las ruinas, la mayoría de los habitantes habían muerto o desaparecido y el ambiente devastado olía a pólvora. Esos explosivos habían sido arrojados al azar sin miramientos.
François du Champ-tal era su nombre-como si fuera la última noche en ese refugio sin rejas, se quedó quieto, distante y oprimido, dueño de un silencio que movilizó sus ansias de gritar. Estaba solo en esas tierras ganadas por los combates de los legisladores que llevaban a la destrucción a ciudades enteras con la finalidad de lograr sus propósitos.

Los conservadores y liberales luchaban contra el movimiento obrero, las relaciones con la Iglesia, el proceso de Dreyfus (oficial francés de origen judío acusado de traición en provecho de Alemania) que se transformó en una cuestión política.
François caminó por las calles solitarias. Los negocios abandonados por los dueños enlutaban las fachadas y enhebraban historias de héroes que no tratarían de resarcir los errores porque ya era tarde para volver atrás. François no sabía qué camino tomar para reunirse con la vida, tampoco podía dignificar las causas de las contiendas porque sus padres quizá habían muerto y eso le perforaba la carne y dejaba heridas profundas.
Un sepulturero que merodeaba por la orilla de un camposanto le dijo que faltaban unos pocos metros para llegar a Saint Etienne; allí seguramente encontraría un poco de paz y alimentos para superar el disgusto por la atrocidad que le tocaba vivir.
Francia, su patria, era sólo un instrumento más de los deseos mezquinos.
Al propietario de un mesón le pidió algo para comer con la intención de pagarle con la limpieza de caballerías y carruajes; el hombre supo comprender y le dio unos panes y otras provisiones para que se llevara en el viaje, pero de nada le sirvió ese estímulo porque ya no quería seguir adelante, estaba abatido por la angustia y su físico se hallaba completamente flagelado. No podía luchar contra el destino que lo había despojado de los afectos y lo había precipitado en ese desierto de confusión, donde todo era perecedero y se esfumaba por los escombros.
Libre de pecados, se desplomó al borde de la iglesia de “Santa Ursula” donde un pordiosero pedía limosna; el mendigo, enredado en los harapos, trató de socorrerlo y llamó al párroco Honorato Liberté. Ambos lo introdujeron en el templo, allí recibió las atenciones necesarias y un momento de recogimiento que vivificó su alma.


En la carrera con el tiempo superó obstáculos, derribó vallas y logró un dilatado triunfo dentro de las posibilidades que se le ofrecían. Recorrió bodegones, donde se guisaba y se daba de comer viandas ordinarias, en busca de trabajo mas no tardó en encontrar alguna labor con remuneración. Así vivió durante dos años en compañía de su amigo Elémir quien lo acompañó siempre desde el día que lo ayudó cuando se desmayó al borde la basílica. El mendigo pensó que sería mejor seguir los pasos de François, al que consideraba una persona increíble y valiente.
François no logró ponerse en contacto con nadie de su familia, eso le producía una gran impotencia y había noches en las que se sentía caduco y sin porvenir. Elémir era su lazarillo, estaba sujeto a él y lo guiaba con sus hábiles consejos; en realidad, no era el hombre indicado para hacerlo porque le faltaba madurez para encauzar su propia existencia, pero el indigente estaba en guardia con un cariño incondicional que emocionaba a François.
Más tarde, esa emancipación les pareció una cárcel de puertas abiertas. Tras meditar horas enteras decidieron embarcarse para América igual que los que habitaban aquellos suelos en pie de guerra. Como no tenían dinero para el pasaporte viajarían de polizones. El holgazán de Elémir le temía a las tierras de indios, considerados por la legislación “Vasallos libres de la corona de Castilla”.

Thiers, designado jefe del gobierno republicano, acabó por imponerse y firmó con Prusia la paz de Francfort en mayo de 1871, por el cual se establecía que Francia entregaba a Prusia, Alsacia y parte de Lorena y debía pagar una fuerte indemnización.
El puerto, en el estuario del Sena, estaba presente. Este río que nacía en la meseta de Langres, atravesaba la cuenca de París y la llanura.
Faltaban dos horas para que el buque zarpara de ese lugar histórico con leyendas de vida todavía latentes. Los hombres se agazaparon detrás de unos arbustos y esperaron unos minutos; no podían titubear, con diligencia acortarían el camino para entrar al navío sin ser vistos.

viernes, 9 de septiembre de 2016

"La abuela francesa". Melanie y Rodolfo-1875-(5ta parte)



Los hilos se cruzaban en el firmamento con armónico tejido de redes y apareció un aparato raro por donde se podía hablar a distancia: el teléfono. Alexander Graham Bell lo patentó y lo exhibió en la exposición mundial que conmemoró los cien años de Filadelfia, en Estados Unidos.
Maestro de chicos sordos, Bell se casó con una de sus alumnas y tuvo la colaboración del joven electricista Tomás Watson. En la histórica presentación, Bell leyó los párrafos de “Hamlet” a científicos y políticos quienes escuchaban a través de los auriculares.
El artefacto fue testigo de encuentros y discordias para la gente de posición económica desahogada que no dudó en instalarlo en sus hogares. Sin embargo, los labradores trataron de sobrevivir junto con los trastos y en el afán de ver el porvenir arrastraron las miserias en detrimento de su propio bienestar.
Bajo un cielo desamparado, muchas veces lloraron sin atreverse a gritar por la injusticia. El silencio en algún momento los miró de frente y los dejó desnudos y sin armas. Hubo épocas de resistencia y hostilidad por parte de los gobernantes que sin mostrar las razones les surtieron varios empellones que los obligaron a capitanear sus propias tierras. Demasiado rigor los hizo crecer.
Más tarde, se enarbolaron los estandartes de la libertad sembrados de reproches que fueron guardados en un arcón de madera y bronce. Las circunstancias empobrecieron los cuerpos en el fragor de la contienda y desparramaron sus vísceras para ser roídas por los buitres, con máscaras de petulantes caballeros. Los campesinos debieron aventajar a los enemigos: indios, comerciantes inescrupulosos, dirigentes, farsantes, epidemias, ostracismo…



Una mujer en el siglo XlX al gobierno de una propiedad era una doncella huérfana que caminaba por las espinas de un terreno aciago y palpaba despacio los contornos. No podía permitirse un respiro porque debía estar al acecho, igual que una fiera que va a ser enjaulada con excesiva velocidad.
Melanie Bourdet Chabot lo sabía y es por ello que tenía que recobrar el vigor necesario, después del fallecimiento de Rodolfo, para hacer frente a la oposición con la rectitud de siempre y así lograr su objetivo principal: criar a los hijos y saldar las deudas.
No quería tampoco que ese carácter compasivo se viera afectado por la rudeza del personaje que debía interpretar para enfrentarse con los hombres. No obstante, sabía muy bien que su actuación resultaría perfecta y que nadie se daría cuenta de que su antifaz era una postura de alguien sensible y humano. En ese refajo interior de tela rígida, con armadura metálica para ahuecar la falda, existía un ser viviente que no quería se manipulado por nadie.
Doña Francisca jamás buscó persuadir a su hija Melanie sobre los asuntos personales porque sabía que chocaba contra un muro. Ella podía ser cariñosa pero brava, débil pero astuta, un ángel o un demonio… No tenía límites para opinar pero ponía distancia; respetaba al otro para continuar la camaradería; entendía que no debía juzgar la poca resistencia y la escasa virtud para seguir las leyes.
Melanie era amada por sus hijos y vecinos en un territorio demasiado machista que tal vez buscaba el principio de su ruina. Ella, quizá, podía adivinarlo pero había demasiados valores en juego: recato, honestidad, humildad ante los grandes, soberbia con los depredadores, fidelidad a sus raíces…
 Continuará