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domingo, 21 de agosto de 2016

"La abuela francesa". Melanie y Rodolfo-1875-(2da parte)



Las horas arrastraban los eslabones de una cadena pronta a quebrarse por el cansancio de la espera. El día de la boda se aproximaba a paso lento, quizá demasiado rápido para doña Francisca.
Melanie y su madre fueron a Rosario para comprar el traje de novia.
La ciudad había crecido con ritmo: se habían levantado edificios, había mejorado la iluminación de gas; se habían abierto tiendas, zapaterías y otros negocios como industrias entre las que se destacaban los molinos harineros, las fábricas de cerveza y los saladeros.
Un educador español, Enrique Corona Martínez, recibió de herencia los útiles del ex colegio “Santa Rosa” y entonces fundó un nuevo instituto que brindó estudios secundarios, nocturnos para trabajadores y aulas de jurisprudencia.
Los lugares habían cambiado mucho desde la última vez que Francisca estuvo allí entre el vocerío de la multitud, cuando llegó de sus tierras y la zona estaba invadida por la epidemia de cólera.
Después de mirar la vidrieras muchas horas, regresaron al hogar con las compras hechas y el espíritu festivo. Melanie guardó, entre los encajes de su vestido de ceremonias, un libro que compró a escondidas de su madre: “La dama de las camelias” de Alejandro Dumas (h). (La novela que trata sobre la vida de una mujer perdida que se regenera con el abandono y con la muerte, fue censurada durante “el período autoritario”, pero el autor tuvo una visión militante y activa en su carrera y la defendió hasta el final).
La granja estaba preparada para el casamiento con la hacienda de campo cercada a la altura de la casa de labor y establos. Habían colocado una mesa más larga que ancha con su respectiva piedra consagrada, rosas blancas y alfombra tejida de lana colorada.

Las hermanas de ella guardaban su sitio principesco mientras los esposos eran los anfitriones en ese agasajo de lugareños y trotamundos.
El perfil agreste de algunos campesinos se tornó lívido ante la veracidad de los hechos cuando la novia entró del brazo de Juan José, pues muchos de ellos la habían deseado de lejos como quien ve un diamante detrás del cristal de un escaparate.
La joven Melanie parecía Isabel de Baviera (Sissí) esposa del emperador Francisco José; era una aparición tan irreal como bendita. La mayoría se quedó muda del asombro al ver a esa mujer casi sobrenatural, que los miraba con una pacífica sonrisa.
El vestido tenía ruedo irregular y cola; en los extremos desde la cintura llevaba una cascada de pimpollos que finalizaban en un moño. Las mangas eran amplias y el escote algo profundo; en la cabeza una corona sostenía el tul bordado de encaje chantilly… Su perfume se llamaba “Vera Violetta” y el autor era la firma francesa Roger et Gallet.
Rodolfo fue el esposo ideal, tierno y generoso. Amó de ella su debilidad ante los afectos y la potencia para lidiar con las dificultades, la sensibilidad de una persona enérgica, los sueños de poetisa y las pilas de libros en el desván. Vio herrumbrarse las ansias de recorrer el mundo ante la dulzura de una vida dormida junto a la mujer más maravillosa que conoció jamás.


La finca con quinientas cuarenta hectáreas que pertenecía a Rodolfo los esperaba después de la luna de miel. Era loable el esfuerzo que Melanie hacía para salir adelante en el nuevo hogar; la vehemencia que tenía era propia de alguien de una gran entereza espiritual y física. Ella continuaba defendiendo la hacienda y los sembrados que atestiguaban, de manera clara, la abnegación de una dama solitaria.
        Al tiempo, ella ya llevaba luto porque su padre Juan José había fallecido.
Continuará


miércoles, 17 de agosto de 2016

"La abuela francesa". Melanie y Rodolfo-1875-(1era parte)



Antes de ser asesinado en 1870 frente a su esposa e hijos por una banda armada que penetró  en el palacio, Urquiza trajo, desde la presidencia de la Confederación Argentina, a extranjeros eminentes de la ciencia que colaboraron con la obra civilizadora. Estos maestros realizaron publicaciones sobre las costumbres, oportunidades, progreso y forma de vivir de los ciudadanos para que el país fuera conocido en Europa por sus grandes posibilidades de crecimiento.
A partir de la segunda mitad del siglo XlX, los gobiernos que se sucedieron en Buenos Aires trataron de afianzar el porvenir nacional basándose en la explotación agropecuaria. Esa orientación estaba fundamentada en la producción argentina dentro de los planes de la economía familiar trazados por algunas naciones de Europa.
Próximo a terminar el período de Domingo F. Sarmiento, se realizaron elecciones en las que resultó triunfadora la fórmula del Dr. Nicolás Avellaneda.

Año l875. Algunos hijos de Francisca y Juan José se habían casado…
El desaliento inicial se veía reemplazado por la determinación colectiva de lograr mayores ganancias para llegar a una posición económica que les diera un lugar y un nombre. Eso ya se notaba. La autoridad que les daba el apellido comenzó a abrir la puerta a un futuro promisorio y poco a poco ese destino ayudado por los esfuerzos, la lucha cotidiana y hasta el sacrificio de no haber tenido nada, con los años los convirtieron en dueños de una pequeña potencia.

Melanie conoció a un hacendado joven, hijo de inmigrantes, llamado Rodolfo Chabot que la sedujo con sus aires de noble. Venía de una familia de abolengo que vivía a unos kilómetros de allí; refinado y elegante decretaba sus propias ordenanzas exaltadas por el honor de la familia, que despertaba el comentario de varias poblaciones que constituían el territorio, una comarca demasiado exigente a la hora de hablar de matrimonio.
La muchacha cayó rendida ante los galanteos de ese caballero que la subyugó desde el primer momento cuando lo vio pasar con su coche de cuatro asientos y con cubierta plegable (carretela) por el costado del camino frente al portón. Ella observó, con disimulo, desde la laguna de patos, la adecuada postura y su conducta y supo entonces que ése sería el hombre de su vida. Los versos resultaron incompletos ante el sentimiento que crecía abrasador igual que una fogata de ansiedades no satisfechas. Melanie trataba de reprimir los impulsos salvajes pero Rodolfo la atraía como un imán a pesar de su casi pueril aspecto, aunque en realidad no era tan joven.
Los padres de ella no se opusieron al noviazgo porque estaban orgullosos del yerno al que consideraban un defensor de las causas justas, en una región demasiado expuesta a la barbarie. El mostraba la templanza que le surgía desde sus ya avanzados treinta y cinco años, situación que no molestó a nadie. La diferencia de edad los unió más debido a la madurez de Melanie, una chica independiente.
El tiempo transcurría con un sopor vago de nieblas que inquietaba mucho al sexagenario Juan José Bourdet. Su hijo Armand ya le había dado tres nietos y se hallaba instalado en la finca con ellos. Melanie, después de cuatro años de noviazgo formal, estaba por contraer nupcias con Rodolfo.
El sosiego de esa atmósfera de criollos los acercaba a la fecha esperada con una interminable lista de cajas con ajuares, muebles, enseres, ropa, dinero, joyas…
Continuará